jueves, 22 de marzo de 2012

21

Escribo desde un sofá en Nantes. Sucio, roto, con una funda caída, con agujeros de los cigarros y los porros, con una botella de litro y medio de Label Scotch Whisky y ocho vasos con cenizas delante. Tengo un perro dormido al lado porque a él no le dejaron dormir anoche con el ruido. A mi, al principio, tampoco, pero luego desconecté por instinto de supervivencia. Es verdad eso de que la naturaleza es sabia. Y si me guío por sus leyes, algo me dice que debo dejar Nantes lo más rápidamente posible.

Aquí todo va mal desde antes de que llegara, pero sobre todo, desde que llegué.
Lo que podía ser el paraíso se convierte a veces en un callejón sin salida donde me falta el aire y sólo me siento segura delante de la pantalla de cine. Ese es el único momento del día donde dejo de desear que llegue el fin de semana y J. y L. vengan.
De repente, no aguanto la soledad.
Pienso en volver a París, después, en darle otra oportunidad a Nantes porque mira que programón y qué invitados y porque no me gusta quedarme con sensación de derrota, con el recuerdo de una ciudad industrial al borde del Loira donde no había hueco para mí, pese a que se note en el ambiente eso de el estilo de vida no-parisino. Es verdad que los nantais son buena gente, para qué negarlo. Te pueden guardar las maletas, sonreir al hablar con desconocidos, pueden, incluso, acogerte y tener la paciencia necesaria a mi indecisión. Pero, después de todo, aquí el gris es plomizo. En París todo está hecho para las apariencias. Las casas son blancas para reflejar la poca luz que el cielo puede tener y la gente tiene prisa para pasar el tiempo sin darse cuenta.

Pasaré el camino de vuelta pensando qué es lo que (me) pasa para dejarlo todo por una idea, un capricho para algunos...por qué cuanta más ilusión tienes por algo más puertas cerradas encuentras, más rechazos, más cambios de rumbo infernales.

Se ha levantado un coloc nantais. Me voy a la ducha y a me bajo a exprimir las últimas horas en esta ciudad que no me quiere. Luego daré mi brazo a torcer y la dejaré de acosar a las 17h00.

Cambiará la racha.




sábado, 3 de marzo de 2012

20

Hoy vengo sin saber muy bien de qué escribir.

Necesito resituarme después de dos semanas de carreras de relevos. Universidad, trabajo, visitas, hoteles, monumentos, restaurantes, cementerios, y vuelta. He perdido mi carnet de Velib e internet en el móvil. No he pagado el alquiler, ni devuelto los libros a la biblioteca, no he hecho papeles para el CAF ni he estrenado la aspiradora que E. me ha regalado. No me he comprado unas botas para sustituir las rotas. Tampoco he respondido mails ni he conseguido empezar la dieta. Tengo miles de latas a medias y no queda ningún bollo ni galleta. No he escrito aquí, ni a A., ni a nadie.

He comido como nunca. He llorado con cada despedida. He hecho sprint por las calles para ser la más rápida en mi trabajo. He postulado a tantos festivales de cortometrajes que he perdido la cuenta. He tocado un premio César. He estado al borde del síndrome de Stendhal con el puente de Alejandro III. He hecho tanto turismo que casi me alegro de que no venga nadie hasta el jueves. Y han sido tantas emociones encadenadas que cuando R. se ha subido esta mañana en el autobús del parking Pershing, me ha extrañado tener tres horas sólo para mí.

Vacío.
Presiento que hay un momento en el que se salta de la infancia a todo lo demás.

Anoche R. y yo cenamos en un libanés y tomamos copas en Montmartre hablando como hablan los adultos. R. se ha enamorado y esta vez no es del chico del supermercado. Me cuenta que se muda a París cuando él tenga que trasladarse aquí. Confirmo lo que ha dicho esta mañana a una conocida que se ha encontrado: "esta en lo mejor de su vida". Hablamos de búsquedas de trabajo, de la relación con nuestras familias, de traumas, de amigas en común. Somos diferentes a la última vez que nos vimos en noviembre, crecemos pero nos queremos de la misma manera infantil que se quieren los que se conocieron en el patio del recreo.


Nosotras también nos conocimos por casualidad y sin expectativas.


Habían pasado las seis de la madrugada y acababa de subir la ladera de un volcán de Salerno, en el Tirreno, para llegar a los colchones donde dormiríamos N., B., A. y yo.
El caso es que llevaba horas proyectando la idea del colchón como para darme fuerzas en ese tramo final de cuesta que llevaba al portal de N. Una cuesta igual o peor a las escaleras de Montmartre. Con menos encanto, en cualquier caso.


Esa noche habíamos escapado de la mafia en el Mamma Non Mamma. Habíamos viajado hacinadas en un autobús escondiéndonos cuando nos adelantaba la policía. Habíamos conocido tantos italianos y erasmus que ya me parecían todos iguales en su diversidad. Recuerdo lo que hablamos, lo que bailamos, lo que bebimos, pero no podría mencionar más que a dos o tres de ellos. 


Qué importa.
Una vez cruzada la autopista, casi podías ver su balcón al Mediterráneo.
Moriría por rebobinar y haber aprovechado mejor ese balcón al que nunca más volví.


Nos reíamos de eso y esto y aquello, cuando -en una escena que casi podía haber escrito su adorado Azcona y que nos encanta contar a las visitas- apareció R., que había estado al otro lado de la pared todo ese tiempo, sin ser descubierta, en otro colchón muy diferente.

La amiga de la amiga de la amiga aterrizó así, creo recordar, y luego llegaron sus amigos que también se convirtieron en más que casualidad efímera, como A. o las gemelas V., que serán la próxima visita de este jueves.
Y los amigos de sus amigos.
Y así hasta hoy en una cadena infinita que nos obliga a elegir entre los que sí y los que no. O son ellos los que nos eligen, no sé. Selección natural, ley de vida, una casualidad que no alcanza a explicarme cómo hemos hecho para cambiar tanto de escenario y de guiones pero seguir en la misma historia.


R. ahora está volando a Zaragoza para coger allí un tren a mi añorada calle Laurel.
Yo me peino y me voy a la Gare du Nord a la que R. suele llegar. He quedado para patinar sobre hielo en Hôtel de Ville con L. y sus compañeros de redacción.


Mi soledad buscada puede esperar.

domingo, 19 de febrero de 2012

18


¿Soy la única que se emociona con la escena del baile en el salón de "Manhattan" (1.38)?

17

Cualquier poblacho es bueno contigo y cualquier ciudad llena de luces se queda en nada si no estáis. Forzar no se me da bien y no tengo la iniciativa de coger trenes ni mandar cartas, aparecer por sorpresa como solía hacer. Pero hoy es un día importante. Puede que para muchos no y eso lo hace aún más especial pero para mi sí, cada año.  Y además es el primero que pasaré sin G. y compañía, aunque a G. no le importe y a su compañía aún menos porque están "madurando" y también ellos cambian. Para justificarse lo llaman "etapa de su vida", fanatismo o "juego". Yo elijo seguir ilusionándome, no quiero perder también eso.

Esta noche es como si fuera la primera vez y, de alguna forma, lo es, porque es la primera noche que lo celebro sola, aún sin estarlo. Ya me he encargado yo de forzar una fiesta.

He tenido cumpleaños en los que al dar las 00h he sido la primera en felicitarme o lo ha hecho alguien que no era quien yo quería que lo hiciera (forzando). He tenido Nocheviejas en las que hemos bebido para olvidar que no podíamos hacer el reset con amor (forzando también). Pero nunca he tenido una noche de Goyas sin que hayamos cogido un avión o un bus infinito sólo para abrazarnos y prometernos que quizá el próximo, o el siguiente, estaremos ahí y dedicaremos unos segundos del mejor momento de nuestra vida a agradecer haber hecho el camino juntas. Y, en el fondo, cada año nos damos cuenta de que, en realidad, el mejor momento es el que estamos viviendo al otro lado de las vallas, en el sofá bebiendo tequila o pudiendo chillar nuestras victorias y hacer porras y pronósticos de viva voz, con los tacones puestos, pero de marca Ulanka. Reservamos Carolina Herrera, Prada, Azzaro o Paco Rabanne para mañana, hoy preferimos acabar la noche en pijama, durmiendo en el suelo amontonados, mientras nieva. Sin cabezón pero cabezotas.

Esta noche es diferente, es el punto de inflexión en el que empiezo a coger las riendas. La gala es el último episodio de una vida utópica en la que soñaba con llegar a una butaca. Cuando la fiesta acabe, la realidad pasa por empezar a trabajar mañana en una productora-distribuidora en París. Tengo vértigo con el idioma, miedo de no haber tomado la decisión correcta, rabia de tener que abandonar asignaturas que me interesan, estrés por pensar qué hacer con las visitas de las próximas semanas...y, aún así, ganas de ser valiente. En algún momento tendré que empezar a serlo si no quiero seguir soñando el resto de mi vida.

martes, 14 de febrero de 2012

16

Pruebo asignaturas aun a sabiendas de que no tengo que hacer más que tres porque ya hice todo (y las que dejé). Pero es que me gusta tanto la economía del cine, tengo tantas ganas de saber HTML y de mejorar el francés y es tan bonita la fotografía...que ya no sé si ponerme a subir nota. No. Una tontería teniendo en cuenta el sistema de convalidaciones de Paris 8. A quién le importa la media si, total, ya no tengo años para hacer la pasarela al segundo ciclo de Comunicación audiovisual.

Mientras, esta tarde he empezado a escribir a ofertas de trabajo. Dos respuestas en una hora. Nada mal si no fuera porque no sé si es lo que quiero. A lo mejor voy a las entrevistas y les parece que no hablo suficientemente bien francés o a lo mejor soy yo la que decide que no y se agarra a la universidad, que es donde me siento segura.

Pero la tercera opción, la que de verdad me apetece, son los festivales. Sitges y San Sebastián ya están asegurados para calentarme el otoño, pero ni una respuesta de Málaga, Cannes y Nantes. A lo mejor debería insistir, a lo mejor ya es tarde, a lo mejor aún es pronto. Deseadme suerte.

Entre tanto, retraso casi todas las cosas que me parecían importantes. Comprar los billetes para ver a I., acercarme un fin de semana a ver a R., Amsterdam, el Couch...sigo sin darme de alta en la electricidad, sigo in mirar los MAC, sigo saltándome la dieta que nunca he conseguido empezar, sigo sin celebrar los san valentines y, sobre todo, sigo creyendo que lo mejor está por venir. Porque quien siembra...

domingo, 12 de febrero de 2012

15


Autoayuda? No. William Shakespeare para comenzar bien mi segunda parte:

"Después de algún tiempo aprenderás la diferencia entre dar la mano y socorrer a un alma y aprenderás que amar no significa apoyarse, y que compañía no siempre significa seguridad.
Comenzarás a aprender que los besos no son contratos, ni regalos, ni promesas.
Comenzarás a aceptar tus derrotas con la cabeza erguida y la mirada al frente, con la gracia de un niño y no con la tristeza de un adulto y aprenderás a construir hoy todos tus caminos, porque el término mañana es incierto para los proyectos y el futuro tiene la costumbre de caer en vacío.
Después de un tiempo aprenderás que el sol quema si te expones demasiado. Aceptarás incluso que las personas buenas podrían herirte alguna vez y necesitaras perdonarlas.  Aprenderás que hablar puede aliviar los dolores del alma...
Descubrirás que lleva años construir confianza y apenas unos segundos para destruirla y que tú también podrás hacer cosas de las que te arrepentirás el resto de tu vida.
Aprenderás que las nuevas amistades continúan creciendo a pesar de las distancias y que no importa que es lo que tienes en la vida sino a quien tienes en la vida, y que los buenos amigos son la familia que nos permitimos elegir. Aprenderás que no tenemos que cambiar de amigos, si estamos dispuestos a aceptar que los amigos cambian.
Te darás cuenta que puedes pasar buenos momentos con tu mejor amigo, haciendo cualquier cosa o simplemente nada, solo por el hecho de disfrutar su compañía.
Descubrirás que muchas veces tomas a la ligera a las personas que más te importan y por eso siempre debemos decirles a esas personas que las amamos, porque nunca estaremos seguros de cuándo será la última vez que las veamos.
Aprenderás que las circunstancias y el entorno también que nos rodea tiene influencia sobre nosotros, pero nosotros somos los únicos responsables de lo que hacemos.
Comenzarás a aprender que no nos debemos comparar con los demás, salvo cuando queremos imitarlas para mejorar. Descubrirás que lleva mucho tiempo llegar a ser la persona que quieres ser, y que el tiempo es corto.
Aprenderás que no importa a donde llegaste sino adonde te diriges y si no lo sabes cualquier lugar sirve.
Aprenderás que sino controlas tus actos ellos te controlan y que ser flexible no significa ser débil o no tener personalidad, porque no importa cuán delicada o frágil sea una situación: siempre existen dos lados.
Aprenderás que héroes son las personas que hicieron lo que era necesario, enfrenando las consecuencias...
Aprenderás que la paciencia requiere mucha práctica. Descubrías que algunas veces la persona que esperas que te patee cuando te caes, tal vez, sea una de las pocas que te ayuden a levantarte.

Madurar tiene más que ver con lo que has aprendido, que con los años vividos.
Aprenderás que hay mucho más de tus padres en ti que lo que supones.
Aprenderás que nunca se debe decir a un niño que sus sueños son tonterías, porque pocas cosas son tan humillantes, y sería una tragedia que se lo creyese porque le estarás quitando la esperanza.
Aprenderás que cuando sientas rabia, tienes derecho a tenerla, pero eso no te da derecho a ser cruel.
Descubrirás que solo porque alguien no te ama de la forma que quieres, no significa que no te ame con todo lo que puede. Porque hay personas que nos aman, pero que no saben cómo demostrarlo.
No siempre es suficiente ser perdonado por alguien, algunas veces tendrás que aprender a perdonarte a ti mismo.
Aprenderás que con la misma severidad con la que juzgas, también serás juzgado y en algún momento ordenado.
Aprenderás que no importa en cuantos pedazos tu corazón se partió, el mundo no se detiene para que los arregles.
Aprenderás que el tiempo no es algo que puedes volver atrás, por lo tanto debes cultivar tu propio jardín y decorar tu alma, en vez de esperar que alguien te traiga flores.
Entonces y solo entonces, sabrás realmente lo que puedes soportar, que eres fuerte y que podrás ir, mucho más lejos, que cuando creías que no se podía más.  Y es que realmente la vida vale más cuando tienes valor de enfrentarla."

jueves, 9 de febrero de 2012

14


Lavandería de la rue Chabrol. Aparentemente, sucia e insignificante, pero es que a mi me gusta darle significado a las cotidianeidades, sobre todo cuando aún no son rutina.

No hay nada más emocionante que la primera vez que haces algo. Soy feliz cuando pienso la cantidad de cosas que tengo por descubrir y miedo cuando pienso que moriré antes de haberlo probado todo.
Es así desde que mi memoria alcanza. Recuerdo que cuando a los ocho el objetivo era pasar los niveles de Pokemon para GameBoy, decidí dejar de competir por ver quién acababa antes y encontré la forma de disfrutarlo recorriendo todo el escenario -o como se llame el mundo diseñado para videojuegos, siento la ignorancia- con Ash, hasta que los dos conocimos cada seto y lo que podía pasar si girabas a izquierda o a derecha, y agotamos las posibilidades. Un poco más tarde, cuando internet pasaba de ser un navegador con páginas que se cargaban por líneas, escuché que aunque dedicáramos toda la vida a ello, sin dormir ni comer, no alcanzaríamos a ver todas las páginas creadas. Aún no existían los contenidos generados por usuarios y ya me daba angustia el concepto de la parcialidad. Poco a poco, he ido tenido la sensación de multiplicación de aquí y de allí, levantar una piedra y que haya mil escondidas debajo. Llegar a un lugar y no querer marcharte hasta no recorrer cada pueblecito alrededor de la ciudad de la que hablan las guías. Conocer de memoria los planes de estudios de varias carreras y universidades y los CDUs de las bibliotecas y perderme en el 316.1, el 792 y el 658. Ver una película y desear no sólo la cartelera, sino todas las que han pasado por la historia del cine. Mis pobres hijos sufrirán los recelos de una madre que sólo vio Disney en su infancia, teniendo que digerir con respeto los clásicos casi desde su nacimiento. Intento buscar hilos conductores, priorizar aunque suponga especializarse, abandonar cosas sin pretender la perfección, actualizar las que se han quedado obsoletas por estar aparcadas demasiado tiempo. Es una locura que me llevaría al insomio voluntario para tener más horas al día, una locura que sólo puede acabar con una embolia, como le pasó a un profesor de N., o algo así le entendí cuando me lo contó.

Ahora que le he contado a R. mi rabia no-racional, he pasado de un concierto gratuito de Nacho Vegas, he olvidado el cumple de A. y aún no he sacado la ropa de la maleta blanca que véis en la foto, voy a ponerme a responder mails. Wish me luck.

PD. Tengo un trastorno alimentario al que aún no sé poner nombre ni solución.

domingo, 5 de febrero de 2012

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Este es el plan. Vuelo barato a Turín y bordear la costa hasta Cannes parándonos o desviándonos cuando nos apetezca. Y por cosas así echo de menos a I., a N., a A. y a G. que me seguían en mis desvaríos low cost.

sábado, 4 de febrero de 2012

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"Adicción a las metilxantinas"

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Si en París tienes una casa del tamaño de las casas-exposición de IKEA puede que no vayas a comprar a IKEA, o que seas F.
F. y yo tenemos una extraña obsesión con sus catálogos, sus marcos gruesos, sus velas y su sección de cosas-que-sabes-que-no-necesitas-pero-las-necesitas-desde-ese-momento, una definición de manual de márketing.
Pienso en la vida de los ocupantes imaginarios de esas casas. Lars Erik y Birgitta han invitado hoy a amigos a cenar pero no encuentran los zapatos de ella porque Lena los ha escondido en las cajas bajo la cama. Billy no irá porque está muy cansado después de la semana de trabajo-dice-pero en realidad sabe que no es más que una excusa para quedarse leyendo en su diván con jazz de fondo. Daniel besa en la cocina a Jan con una estantería llena de botes de cristal con especias de colores, hay un reloj enorme en la pared, pero no han visto que llegan tarde a la cena. Sven Ake los espía desde el piso de enfrente, celoso y escondido entre las tres cortinas de su ventana enorme para que entre la luz a las flores, lleva días pensando suicidarse pero al final lo evita, porque odia los tópicos. 
Con los -9ºC de París, acepté la propuesta de L. de viajar a pseudo-Suecia unas horas. Me vestí de mi otro hito sueco, H&M, y quedamos en la Gare du Nord -no podía ser otro sitio- a las 11h. Llevé mis bolsas azules reciclables por lo que pudiera pasar...y así fue. Albóndigas con mermelada incluidas.

Volví en tren y perdí mis manoplas por culpa de un viennoise en Paul. El castigo a mi gula, pero esta vez se han pasado: las tenía cariño porque las compré en mi último día febril en Madrid, exprimiendo el H&M de los cines Avenida. Después, Cite Universitaire y vuelta a Gare du Nord, donde M2. llegó en bici porque a ratos es más francés que italiano. Esperaron en mi portal mientras descargaba una parte de Suecia en mi madriguera y hablamos de muchas cosas con un té en el Canal Saint Martin. M. también quería encontrarnos, pero yo tenía que ir a la lavandería a la que al final no he ido porque C. y su amigo sevillano me han vuelto a invadir el portal con la excusa de un saco de dormir. Pasamos más de una hora sentados en las escaleras y me disculpé unas 49030 veces porque mi piso no estuviera visible. Ahora he subido, he vuelto a cenar y me he dado cuenta de que ya no hay distancias. Que puedo tener el espejismo de vivir en Suecia, de viajar finalmente a Cannes con M2 o a Ibiza que hoy está nevada, de compartir piso con I. en Londres o visitarla en Nueva York. Me voy a servir el último café de la noche mientras veo esto.

miércoles, 1 de febrero de 2012

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Pilar Miró

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He leído que pronto los pensamientos van a poder escucharse , y me he alegrado. Creo que, en mi caso, no habría mucha diferencia, aunque tendría que aprender a parar esos de los que habla Russian Red: "this never ending song is scratching, scratching my brain like a vinyl in desire, this never ending thought is coming and is gone, it’s traveling on a plane on my way." Por cierto, que menuda delicia de canción.



Sin cambiar de tema.

Una vez sobreviví a un terremoto y durante la taquicardia pensé que cuando quieres algo muy fuerte pero no depende de ti, aparece después, cuando ya no lo esperas ni hablas de ello, cuando has conseguido olvidarlo. Y siempre es más grande el esfuerzo de olvidar que el de querer algo, así que me pareció un premio justo. Aunque me habían avisado con tiempo, un cambio así del paisaje al que estaba acostumbrada  (y de esa manera) me hizo adulta.

En una especie de sacrificio mágico del que nunca podré hablar por mucho que avance la ciencia, vi que era el momento. Regalaría 6 kilos de mi física para que fuera parte de tu materia prima. Era un acto de amor tan desinteresado que nunca nadie se enteró, ni aun cuando la segunda sacudida acabó con nuestros planes. Entonces sentí que yo tenía algo de culpa del desastre, pero abandoné la idea porque era una causalidad loca, que no me traería nada bueno. Escribí la carta más bonita que pude para recordarlo y sólo hablé del tema cuando venía a cuento, que durante unos días fue casi siempre. Ya que ibas a quedarte conmigo, te busqué una función, pero tampoco eso nos salió bien y te tengo ahí latente, pendiente de una explicación, me parecería sucio enterrarte así, sin más. Eres importante aún de alguna manera.

Hoy llegó la tercera sacudida en el escenario más frío posible. Aunque estaba pronosticada, una vez más me pilló desprevenida.Y de nuevo, todo el protocolo de evacuación: la sonrisa imborrable, las lágrimas que saltan por la velocidad de los pensamientos existenciales, el nudo en la garganta ante los puntos de giro de esta historia, las ganas de volver a tener motivos de quererse mucho, aunque sin alarmas porque no había quien las escuchara bajo las orejeras, los gorros, las bufandas y las cinco o seis capas de abrigo obligatorias. París puede llegar a ser cruel. En ese momento, me dio igual que nadie me oyera regalarte fantasmas porque sigo convencida de que puedo restármelos y hacértelos llegar para estar ahí, de alguna manera.



(Si alguien lee, siento que no entendáis nada)



martes, 31 de enero de 2012

7

Me estoy (mal)acostumbrando a mis sesiones de cine español gratis de los lunes. Me siento tan cuidada haciendo algo tan mío lejos de casa que es casi como encontrarme con un conocido, que nos veamos y que me señale con el dedo y abrace, como cuando te guiñan un ojo y sabes que es sólo para ti. Cada lunes tengo una visita, y anoche fue Achero Mañas con "Todo lo que tú quieras" bajo el brazo. No es perfecta,  aunque viendo cómo estaba rodada la secuencia del cabaret lo pensé, pero es recomendable porque te mueve cosas. No todas buenas. La peor de todas es que no logré entender a ese padre que juega con su hija para engañarse él. Me dio rabia pero también ternura porque sabía que sólo estaba intentando hacer lo mejor para los dos, que estaba perdido. Eché tanto de menos a alguien que le obligara a afrontar la realidad que tuve que decírselo. Acabamos hablando de su vida de padre divorciado a los 28, y me alegré de no haber sabido antes que ese padre de celuloide que se pinta los labios de rojo era él.



Crucé la ciudad en bici y cuando llego a casa R. me habla de los César, M. de la Cinemathèque, N. de los Goya y G. del Festival de Nantes de cine español. F. me envía un sms que me ayuda a revisar la letra de motivación que quiero enviar al Festival de Cannes, a sabiendas de que ni en el más perfecto de mis sueños tendré un hueco allí, y aún no le he pedido a L. que me deje su medio para acreditarme en Málaga, aunque ella me lo ofreciera cuando le conté los líos de los últimos años (ya os dije que no me callé en 6.). De repente, me doy cuenta de lo enganchada que estoy a todo lo que rodea al cine y no necesariamente las películas. Los focos los hicieron para eso ¿no? y entonces tengo miedo a estar dirigiendo deslumbrada mi vida. Porque aun andando sin rumbo, si algo me marca una dirección es todo eso que pasa fuera de claqueta (o de escenario).Y no hablo de alfombras y playas y barras libres (que también), sino de la distribución y comunicación, la financiación, el derecho de propiedad intelectual, las programaciones culturales, las contrataciones, permisos y demás marrones administrativos...Cuando descubrí que, pese a lo que hubiera escuchado en mi familia, hay quien vive de eso, tuve tanta envidia que no pude esperar a acabar la carrera e intenté recuperar el tiempo perdido levantándome a las 6 y empapándome de todo lo que pillaba con la promesa de ser la mejor en lo que me pone. Y anoche me veo en la ciudad con más cine del mundo, a medias de muchas cosas que he empezado sólo para llegar a eso, con tanta suerte que no la merezco...y me da miedo estar perdiendo mis 21 en una utopía.



domingo, 29 de enero de 2012

6

L. ha llegado y no nos hemos visto en Orly. Sólo sabía que llevaría una bolsa de Pan am y las maletas necesarias para quedarse.


He preguntado en todos los puestos de información y llamarla por megafonía sólo ha servido para sentirme en una sitcom barata. Imagino el efecto que puede producir en una recién exiliada que la reclame una desconocida en un aeropuerto internacional y me alegro de que no lo haya llegado a oír. Pero después se lo he contado. 


Taponando la sortie C he visto un grupo tan ruidoso que por unos momentos he pensado que había pasado algo que justificara el hecho de no encontrarla. Error. Temblaban porque Sofía Essaïdi  estaba a punto de llegar. Aunque me odien por mi acento y por no saber quién es, me explican algo sobre sus orígenes marroquíes, sobre su participación en el Operación Triunfo francés, sobre su belleza y me temo lo peor. Pero yo sigo esperando a L. y cuando Essaïdi llega me sorprende su buen hacer y su aura. Eso también se lo he contado.



Ésta es Sofía Essaïdi. Sí. Ya os he dicho que mi vida está llena de casualidades. Empiezo a entender estas situaciones como si alguien  las pusiera delante para que las vea desde fuera. Me termino un café y deduzco que si L. no ha escuchado la llamada, ya ha debido coger un taxi.

Cruzo el aeropuerto y cojo el bus express al centro. Atasco y sentimiento de culpa. Cuando llego a la residencia donde L. va a vivir, el conserje me dice que acaba de llegar en un taxi. Me pregunta mi apellido y si somos amigas para avisarla. Entonces, miento y digo que sí porque cualquier cosa que le explique va a ser más mentira que un "sí". Y desde el momento que baja al vestíbulo todos los tópicos del primer día en París se suceden: internets que no funcionan cuando quieres decir que has llegado, la pena de despedirte en el aeropuerto, maletas que se rompen justo en el último trayecto,y qué caro el taxi, y qué frío vamos a pasar aquí y qué miedo no entenderme con la gente, o perderme y no saber dónde estoy, vamos a tomarnos unos crêpes que necesito pasear en el Sena, pero no sé cómo hacerme un abono transportes, ¿tú crees que podré colarme esta noche? L. es tan como todos que parece que la conociera de antes y en el momento que subimos al RER de Cité Universitaire empieza mi monólogo. Demasiadas palabras demasiado pronto. Según voy confesando me doy cuenta de que me voy a arrepentir de haberlo hecho. Siempre me pasa cuando soy la única que habla. Pero el frío y los paseos y los crepes no me dejan parar.

Vuelvo a casa intentando resumir la imagen de mi misma y me parece lamentable. Escribo a I. para escapar a su sexo en NY y a sus historias adultas y con consistencia. Envidio su equilibrio.

5



Llego paralizada por el frío a casa, me siento encima del radiador y leo que alguien ha enviado a la recién llegada L. la previsión meteorológica: toda la semana siguiente a bajo cero y cada día más. Deseadme suerte. No quiero quedarme sin ver París nevado.

Ni sin otras muchas cosas. Hoy R. me ha preguntado si ayer estaba triste, y no. Pensándolo, parece que cuando escribo sólo sé gritar la melancolía que me da que lo pasado ya se haya ido y las ganas que tengo de todo lo que espero que esté por llegar. Veo las fotos de I.M. y no puedo sentir más envidia. No sé vivir el presente. Hace años me apetecía lo que ahora tengo: la libertad de vivir de noche y de hacer y deshacer; y ahora me apetece dar tres zancadas y encontrarme en una casa llena de comida rica, de muebles de Ikea y de otros que hemos comprado en Marruecos y los sinfines del Pacífico, madera con pintura desconchada blanca, incienso, hamacas, luz natural , jazz y niños felices por todas partes, vistas al mar o a los tejados, fotos, y una barba de tres días y unas manos que paren el tiempo en mi espalda.

(Ya os contaré en otro momento mi encuentro con L. Ahora me he desviado demasiado como para empezar de nuevo.)

4

Me voy al aeropuerto a recoger a una desconocida.
Sólo cruzo los dedos para que no tengamos que venir a mi casa porque es imposible abrirse camino entre el retrete y el escritorio, tengo una montaña de ropa en el sofá donde dormiría y sólo yo sé dónde tengo las cosas. Y, a veces, ni eso.
Confío en que duerma de pie y que le guste comer pelusas y pasta, porque no he ido a la compra y no tengo otra cosa.
Tampoco he hecho el proyecto. Ni he enviado CVs. Ni he decidido qué hacer con la oferta de trabajo que empezaría mañana. Y ahora casi llego tarde al aeropuerto por escribir estas líneas.

PD. Feliz año nuevo chino, aunque con retraso.

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sábado, 28 de enero de 2012

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'El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo.', Gabriel García Márquez.

Foto: Beatriz Asín

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“Crear un blog”, y ahi que voy. Como si supiera escribir. Ni que eso importara. Como si nunca hubiera tenido uno. Crear un blog y olvidar todos los cementerios de pensamientos que tengo en línea -¿deberia decir “online”?- es acabar con mi puto Síndrome de Diógenes de recuerdos y de personas que me han hecho llorar de risa y también de no tenerlas, pero eso fue después, cuando llegaron a conocerme más rápido que yo misma. Fueron capaces de encontrar un talón de Aquiles que yo no acierto a corregir y entonces fue cuando intenté pasar de los propósitos de papel a la acción, París, pero antes perdí -aún no sé si a propósito- todas las fotos, las agendas, las buenas costumbres y las taquicardias en Madrid. A cambio, multipliqué mi parte caótica de tal manera que tuve que automedicarme con té para quitarme la adicción al café y a la procrastinación. Necesito esa presión. Puede que sea otro síndrome, pero volver a la taquicardia me hace sentir que tengo vida de alguna manera. Por eso me gusta el cine, el teatro, meterme en la vida de otros y que ellos se queden conmigo. Puedo prometer que hay días que no he tenido luz, ni comida, ni ropa limpia, pero también, que vivir subiendo y bajando es una forma de hacer elegida. Como esa canción que tanto te gusta "Jodida pero contenta". Intento convencerme para parar antes de la autodestrucción social, pero nunca lo consigo y sólo entonces pido ayuda. Es esa especie de egodependencia la que me pide que cambie o disimule, que sea un poco más del montón, que si me drogo sólo sea con ilusiones propias, y que deje ahora que aún estoy a tiempo de confiar en que algo alguna vez estará para siempre conmigo. Porque quizá ni este blog dure más de tres líneas.