jueves, 9 de febrero de 2012

14


Lavandería de la rue Chabrol. Aparentemente, sucia e insignificante, pero es que a mi me gusta darle significado a las cotidianeidades, sobre todo cuando aún no son rutina.

No hay nada más emocionante que la primera vez que haces algo. Soy feliz cuando pienso la cantidad de cosas que tengo por descubrir y miedo cuando pienso que moriré antes de haberlo probado todo.
Es así desde que mi memoria alcanza. Recuerdo que cuando a los ocho el objetivo era pasar los niveles de Pokemon para GameBoy, decidí dejar de competir por ver quién acababa antes y encontré la forma de disfrutarlo recorriendo todo el escenario -o como se llame el mundo diseñado para videojuegos, siento la ignorancia- con Ash, hasta que los dos conocimos cada seto y lo que podía pasar si girabas a izquierda o a derecha, y agotamos las posibilidades. Un poco más tarde, cuando internet pasaba de ser un navegador con páginas que se cargaban por líneas, escuché que aunque dedicáramos toda la vida a ello, sin dormir ni comer, no alcanzaríamos a ver todas las páginas creadas. Aún no existían los contenidos generados por usuarios y ya me daba angustia el concepto de la parcialidad. Poco a poco, he ido tenido la sensación de multiplicación de aquí y de allí, levantar una piedra y que haya mil escondidas debajo. Llegar a un lugar y no querer marcharte hasta no recorrer cada pueblecito alrededor de la ciudad de la que hablan las guías. Conocer de memoria los planes de estudios de varias carreras y universidades y los CDUs de las bibliotecas y perderme en el 316.1, el 792 y el 658. Ver una película y desear no sólo la cartelera, sino todas las que han pasado por la historia del cine. Mis pobres hijos sufrirán los recelos de una madre que sólo vio Disney en su infancia, teniendo que digerir con respeto los clásicos casi desde su nacimiento. Intento buscar hilos conductores, priorizar aunque suponga especializarse, abandonar cosas sin pretender la perfección, actualizar las que se han quedado obsoletas por estar aparcadas demasiado tiempo. Es una locura que me llevaría al insomio voluntario para tener más horas al día, una locura que sólo puede acabar con una embolia, como le pasó a un profesor de N., o algo así le entendí cuando me lo contó.

Ahora que le he contado a R. mi rabia no-racional, he pasado de un concierto gratuito de Nacho Vegas, he olvidado el cumple de A. y aún no he sacado la ropa de la maleta blanca que véis en la foto, voy a ponerme a responder mails. Wish me luck.

PD. Tengo un trastorno alimentario al que aún no sé poner nombre ni solución.

1 comentario:

  1. "Es una locura que me llevaría al insomio voluntario para tener más horas al día, una locura que sólo puede acabar con una embolia..."

    me encanta.

    ah! y el trastorno se llama ansiedad

    ResponderEliminar