miércoles, 1 de febrero de 2012

8

He leído que pronto los pensamientos van a poder escucharse , y me he alegrado. Creo que, en mi caso, no habría mucha diferencia, aunque tendría que aprender a parar esos de los que habla Russian Red: "this never ending song is scratching, scratching my brain like a vinyl in desire, this never ending thought is coming and is gone, it’s traveling on a plane on my way." Por cierto, que menuda delicia de canción.



Sin cambiar de tema.

Una vez sobreviví a un terremoto y durante la taquicardia pensé que cuando quieres algo muy fuerte pero no depende de ti, aparece después, cuando ya no lo esperas ni hablas de ello, cuando has conseguido olvidarlo. Y siempre es más grande el esfuerzo de olvidar que el de querer algo, así que me pareció un premio justo. Aunque me habían avisado con tiempo, un cambio así del paisaje al que estaba acostumbrada  (y de esa manera) me hizo adulta.

En una especie de sacrificio mágico del que nunca podré hablar por mucho que avance la ciencia, vi que era el momento. Regalaría 6 kilos de mi física para que fuera parte de tu materia prima. Era un acto de amor tan desinteresado que nunca nadie se enteró, ni aun cuando la segunda sacudida acabó con nuestros planes. Entonces sentí que yo tenía algo de culpa del desastre, pero abandoné la idea porque era una causalidad loca, que no me traería nada bueno. Escribí la carta más bonita que pude para recordarlo y sólo hablé del tema cuando venía a cuento, que durante unos días fue casi siempre. Ya que ibas a quedarte conmigo, te busqué una función, pero tampoco eso nos salió bien y te tengo ahí latente, pendiente de una explicación, me parecería sucio enterrarte así, sin más. Eres importante aún de alguna manera.

Hoy llegó la tercera sacudida en el escenario más frío posible. Aunque estaba pronosticada, una vez más me pilló desprevenida.Y de nuevo, todo el protocolo de evacuación: la sonrisa imborrable, las lágrimas que saltan por la velocidad de los pensamientos existenciales, el nudo en la garganta ante los puntos de giro de esta historia, las ganas de volver a tener motivos de quererse mucho, aunque sin alarmas porque no había quien las escuchara bajo las orejeras, los gorros, las bufandas y las cinco o seis capas de abrigo obligatorias. París puede llegar a ser cruel. En ese momento, me dio igual que nadie me oyera regalarte fantasmas porque sigo convencida de que puedo restármelos y hacértelos llegar para estar ahí, de alguna manera.



(Si alguien lee, siento que no entendáis nada)



2 comentarios: