domingo, 29 de enero de 2012

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Llego paralizada por el frío a casa, me siento encima del radiador y leo que alguien ha enviado a la recién llegada L. la previsión meteorológica: toda la semana siguiente a bajo cero y cada día más. Deseadme suerte. No quiero quedarme sin ver París nevado.

Ni sin otras muchas cosas. Hoy R. me ha preguntado si ayer estaba triste, y no. Pensándolo, parece que cuando escribo sólo sé gritar la melancolía que me da que lo pasado ya se haya ido y las ganas que tengo de todo lo que espero que esté por llegar. Veo las fotos de I.M. y no puedo sentir más envidia. No sé vivir el presente. Hace años me apetecía lo que ahora tengo: la libertad de vivir de noche y de hacer y deshacer; y ahora me apetece dar tres zancadas y encontrarme en una casa llena de comida rica, de muebles de Ikea y de otros que hemos comprado en Marruecos y los sinfines del Pacífico, madera con pintura desconchada blanca, incienso, hamacas, luz natural , jazz y niños felices por todas partes, vistas al mar o a los tejados, fotos, y una barba de tres días y unas manos que paren el tiempo en mi espalda.

(Ya os contaré en otro momento mi encuentro con L. Ahora me he desviado demasiado como para empezar de nuevo.)

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