jueves, 22 de marzo de 2012

21

Escribo desde un sofá en Nantes. Sucio, roto, con una funda caída, con agujeros de los cigarros y los porros, con una botella de litro y medio de Label Scotch Whisky y ocho vasos con cenizas delante. Tengo un perro dormido al lado porque a él no le dejaron dormir anoche con el ruido. A mi, al principio, tampoco, pero luego desconecté por instinto de supervivencia. Es verdad eso de que la naturaleza es sabia. Y si me guío por sus leyes, algo me dice que debo dejar Nantes lo más rápidamente posible.

Aquí todo va mal desde antes de que llegara, pero sobre todo, desde que llegué.
Lo que podía ser el paraíso se convierte a veces en un callejón sin salida donde me falta el aire y sólo me siento segura delante de la pantalla de cine. Ese es el único momento del día donde dejo de desear que llegue el fin de semana y J. y L. vengan.
De repente, no aguanto la soledad.
Pienso en volver a París, después, en darle otra oportunidad a Nantes porque mira que programón y qué invitados y porque no me gusta quedarme con sensación de derrota, con el recuerdo de una ciudad industrial al borde del Loira donde no había hueco para mí, pese a que se note en el ambiente eso de el estilo de vida no-parisino. Es verdad que los nantais son buena gente, para qué negarlo. Te pueden guardar las maletas, sonreir al hablar con desconocidos, pueden, incluso, acogerte y tener la paciencia necesaria a mi indecisión. Pero, después de todo, aquí el gris es plomizo. En París todo está hecho para las apariencias. Las casas son blancas para reflejar la poca luz que el cielo puede tener y la gente tiene prisa para pasar el tiempo sin darse cuenta.

Pasaré el camino de vuelta pensando qué es lo que (me) pasa para dejarlo todo por una idea, un capricho para algunos...por qué cuanta más ilusión tienes por algo más puertas cerradas encuentras, más rechazos, más cambios de rumbo infernales.

Se ha levantado un coloc nantais. Me voy a la ducha y a me bajo a exprimir las últimas horas en esta ciudad que no me quiere. Luego daré mi brazo a torcer y la dejaré de acosar a las 17h00.

Cambiará la racha.




sábado, 3 de marzo de 2012

20

Hoy vengo sin saber muy bien de qué escribir.

Necesito resituarme después de dos semanas de carreras de relevos. Universidad, trabajo, visitas, hoteles, monumentos, restaurantes, cementerios, y vuelta. He perdido mi carnet de Velib e internet en el móvil. No he pagado el alquiler, ni devuelto los libros a la biblioteca, no he hecho papeles para el CAF ni he estrenado la aspiradora que E. me ha regalado. No me he comprado unas botas para sustituir las rotas. Tampoco he respondido mails ni he conseguido empezar la dieta. Tengo miles de latas a medias y no queda ningún bollo ni galleta. No he escrito aquí, ni a A., ni a nadie.

He comido como nunca. He llorado con cada despedida. He hecho sprint por las calles para ser la más rápida en mi trabajo. He postulado a tantos festivales de cortometrajes que he perdido la cuenta. He tocado un premio César. He estado al borde del síndrome de Stendhal con el puente de Alejandro III. He hecho tanto turismo que casi me alegro de que no venga nadie hasta el jueves. Y han sido tantas emociones encadenadas que cuando R. se ha subido esta mañana en el autobús del parking Pershing, me ha extrañado tener tres horas sólo para mí.

Vacío.
Presiento que hay un momento en el que se salta de la infancia a todo lo demás.

Anoche R. y yo cenamos en un libanés y tomamos copas en Montmartre hablando como hablan los adultos. R. se ha enamorado y esta vez no es del chico del supermercado. Me cuenta que se muda a París cuando él tenga que trasladarse aquí. Confirmo lo que ha dicho esta mañana a una conocida que se ha encontrado: "esta en lo mejor de su vida". Hablamos de búsquedas de trabajo, de la relación con nuestras familias, de traumas, de amigas en común. Somos diferentes a la última vez que nos vimos en noviembre, crecemos pero nos queremos de la misma manera infantil que se quieren los que se conocieron en el patio del recreo.


Nosotras también nos conocimos por casualidad y sin expectativas.


Habían pasado las seis de la madrugada y acababa de subir la ladera de un volcán de Salerno, en el Tirreno, para llegar a los colchones donde dormiríamos N., B., A. y yo.
El caso es que llevaba horas proyectando la idea del colchón como para darme fuerzas en ese tramo final de cuesta que llevaba al portal de N. Una cuesta igual o peor a las escaleras de Montmartre. Con menos encanto, en cualquier caso.


Esa noche habíamos escapado de la mafia en el Mamma Non Mamma. Habíamos viajado hacinadas en un autobús escondiéndonos cuando nos adelantaba la policía. Habíamos conocido tantos italianos y erasmus que ya me parecían todos iguales en su diversidad. Recuerdo lo que hablamos, lo que bailamos, lo que bebimos, pero no podría mencionar más que a dos o tres de ellos. 


Qué importa.
Una vez cruzada la autopista, casi podías ver su balcón al Mediterráneo.
Moriría por rebobinar y haber aprovechado mejor ese balcón al que nunca más volví.


Nos reíamos de eso y esto y aquello, cuando -en una escena que casi podía haber escrito su adorado Azcona y que nos encanta contar a las visitas- apareció R., que había estado al otro lado de la pared todo ese tiempo, sin ser descubierta, en otro colchón muy diferente.

La amiga de la amiga de la amiga aterrizó así, creo recordar, y luego llegaron sus amigos que también se convirtieron en más que casualidad efímera, como A. o las gemelas V., que serán la próxima visita de este jueves.
Y los amigos de sus amigos.
Y así hasta hoy en una cadena infinita que nos obliga a elegir entre los que sí y los que no. O son ellos los que nos eligen, no sé. Selección natural, ley de vida, una casualidad que no alcanza a explicarme cómo hemos hecho para cambiar tanto de escenario y de guiones pero seguir en la misma historia.


R. ahora está volando a Zaragoza para coger allí un tren a mi añorada calle Laurel.
Yo me peino y me voy a la Gare du Nord a la que R. suele llegar. He quedado para patinar sobre hielo en Hôtel de Ville con L. y sus compañeros de redacción.


Mi soledad buscada puede esperar.